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La salud mental en tiempos de pandemia

Por: Luis Alfredo Fratti

El 1 de marzo de 2020 arrancó un nuevo gobierno, como es tradición en nuestro país cada cinco años. Ganó las elecciones una coalición multicolor y comenzó la tarea de gobernar. Mientras tanto aparece en China una enfermedad que empieza a asombrar al mundo.

Gente que retornó del exterior incorporó el virus al Uruguay; si no eran esas personas, hubieran sido otras. El covid operó cual tsunami, arrasando por todos los territorios.

El gobierno y todo el sistema político acusaron el impacto. El 13 de marzo de 2020 se inició una nueva vida para los que habitamos este territorio. Dos días antes la Organización Mundial de la Salud había determinado que estábamos ante una pandemia.

Suspensión de clases, nada de espectáculos, a extremar la limpieza, olvidarse de las aglomeraciones, todo en el Decreto 93/020.

De a poco, las ciudades se fueron como apagando. El miedo se apoderó de Montevideo, pero también de Melo, Artigas, Paysandú. Un enemigo desconocido se había apoderado de nuestra tierra.

A media tarde, difícil ver circulación de automóviles; en las noches silencio sepulcral. Para quienes crecimos en campaña, el recuerdo vivo de los sonidos del silencio.

La gente "se metió en las casas".

Los informativos explotaron en "rating"; conseguir alcohol en gel, tapabocas y productos de limpieza eran motivos de "corrida" al mejor estilo crisis bancaria de 2002.

Nos encerramos y al bendito coronavirus lo tuvimos bastante alejado de la comarca. Aunque algún compatriota cayó dando pelea.

Pero hubo que dejar muchas cosas por el camino.

Para empezar, la visita regular a los más veteranos. En mi caso, a mi propia madre, veterana de mil batallas peleando para llegar a los cien años.

Toda persona mayor de 65 años pasó a ser objeto de un cuidado muy especial. El virus en su versión original tenía mayor facilidad para atacar allí.

Pero se fueron agregando otras poblaciones, y nos tuvimos que acostumbrar a hablar de "comorbilidad".

Y los abuelos se tuvieron que adaptar al Zoom, a la videollamada o a ver a los nietos desde la ventana. Todo para prevenir cualquier evento desafortunado.

Es así que con el correr de los meses, el susto inicial, el temor a lo desconocido, fue dando paso a la angustia de no ver a los seres queridos, a la incertidumbre laboral, a la pérdida de costumbres que de tan sencillas no sabíamos lo importante que eran.

Visitar amigos, jugar a las cartas en el club de abuelos, bailar en una fiesta, celebrar los 15 de la nena, seguir al valiente Cerro Largo Fútbol Club en el Ubilla de Melo.

De octubre en adelante el virus lanzó una nueva ofensiva. No es aquí que me voy a detener en medio del drama en analizar si tuvimos problemas en la defensa.

Tras cierto afloje natural, pues no es changa vivir encerrados y sin ver amigos ni parientes, hubo que volver a levantar los cuidados.

Ya en fin de año nos recomendaban evitar las clásicas despedidas del año y hacer reuniones lo más reducidas posible.

Lo de este año está muy fresco como para agregarlo aquí.

Pero me preocupan y mucho, entre las muchas preocupaciones que mi responsabilidad implica, las consecuencias en términos de salud mental que nos está dejando.

El encierro nos puede estar dejando más violencia intrafamiliar, la soledad obligada se transforma en angustia, tal vez hasta depresión. Los más chiquitos crecen alejados de sus pares, impedidos de abrazarse. Hasta la rueda de mate dejó de circular. Todo eso deja secuelas.

Habrá que seguir al pie de la letra las ya clásicas recomendaciones de los médicos y académicos en general que en el GACH han hecho un formidable trabajo.

Pero tendremos que empezar a llamar a los especialistas en salud mental para que analicen en profundidad los daños que ya estamos sufriendo y los que podamos anticipar.

En una de esas, reunir siquiatras, sicólogos, más la gente que está en la educación, nos puede ayudar a sacar a luz este drama oculto por la fiereza del problema que enfrentamos.