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La libertad individual, una cuestión de números

Por: Andrea Burstin

Usted no irá jamás preso por atentar contra su propia vida. Pero sí si intenta acabar con la del prójimo. Hay una clara línea que divide lo que la ley nos permite hacer con nuestra propia vida, y todo el enorme conjunto de limitaciones que nos impone sobre los actos que podrían tener consecuencias sobre los demás.

Es la línea entre su libertad individual y el bienestar colectivo. No tendría mayor interés legislar o utilizar el poder coercitivo del Estado para decirle a usted qué hacer con su vida. Sería una injerencia inadmisible. El único fin es siempre proteger el bienestar colectivo.

Para entendernos, usted puede decidir matarse, beber hasta quedar inconsciente, hacer que sus arterias exploten de colesterol, llevar sus niveles de glicemia hasta límites insostenibles. Sus seres queridos, su médico, las autoridades sanitarias de su país le darán recomendaciones, consejos. Sin embargo ninguna de esas acciones será penada por ley. Si en cambio usted conduce con un nivel de alcoholemia ilegal, o usted es un fabricante de alimentos que no cumple las normativas vigentes en cuanto a determinados contenidos (de grasas saturadas, azúcar o sal); o se entusiasma pisando el acelerador de su coche por encima del límite permitido; usted está cometiendo un delito y es factible de ser penado.

¿Debería el Estado imponer la obligatoriedad en la vacuna del COVID_19? Todo dependerá de cómo salgan los números.

Imaginemos un escenario, extremo, en el que por ejemplo sólo un 20% de la población se quisiera vacunar. Esto no pondría un freno a la epidemia y el desastre sanitario acabaría colapsando los hospitales, no solo para tratar a los pacientes enfermos de Coronavirus, sino a todos quienes necesiten atención médica hospitalaria.

Por el contrario, si el 90% de la población elige libremente vacunarse, seguramente mantendremos el virus alejado y los adalides de la libertad entre nosotros, quienes básicamente descansan en que el resto sí nos vacunemos, podrán seguir de manifestación en manifestación, de radio en radio, de post en post, aleccionándonos sobre el uso que hacen de su libertad individual.

El legislar o no sobre la obligatoriedad de la vacuna, aunque parezca estar cargado de grandes contenidos trascendentales, se reduce a una cuestión puramente numérica. Si un número suficiente de nosotros se vacuna, lograremos la inmunidad de rebaño que permitirá controlar la pandemia. No será necesario legislar. Más allá que para determinadas actividades, se pueda exigir la vacunación, por ejemplo si se entiende que una persona no vacunada pone en riesgo a personas muy vulnerables. Varios residenciales de ancianos han aclarado que no contratarán personal no vacunado.

Si el discurso de la libertad individual anti-vacuna, para este tema, cala muy hondo y un número alarmante de gente decidiera no vacunarse, estaríamos en problemas más serios. Pondríamos en riesgo una posible salida de esta situación en los próximos meses y los Estados deberían una vez más utilizar, sin que les tiemble, el pulso su poder coercitivo.

Las cartas están echadas. Esperemos las cuentas salgan bien, se llegue a la inmunización de rebaño, el bienestar colectivo quede protegido y quien lo desee, pueda continuar abogando por el ejercicio de su libertad individual y optando por no vacunarse. Pero tengamos claro que este esquema funcionará siempre y cuando, quienes estén en esa posición no sean un grupo demasiado numeroso.

Ojalá así sea. Todo resultado que asegure nuestro bienestar colectivo, sin representar una nueva amenaza para la frágil cohesión social de nuestros tiempos, es la solución óptima.