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Rodeados de playa y verde: Cinco viveros para recorrer en el Este

Por: María Inés Fiordelmondo

Varios balnearios esconden viveros donde la experiencia del visitante va mucho más allá de comprar plantas, flores y árboles.

Javier Montes admite sin tapujos que la fachada del vivero que lleva adelante, ubicado en La Floresta, es una copia. Le fascinó un casco de estancia que vio en la localidad de Piedras de Afilar, sacó algunas fotos y en 2005 se las dio a su arquitecta para que lo reprodujera. Años después, el dueño del Vivero Montes se encontró con un dibujo que había hecho a los 12 años: columnas y más columnas, idénticas a las de aquel casco de estancia y, por ende, a las de su vivero. Luego de su relato, la idea de copia queda algo difusa.

En su caso, nada fue planificado; ni tener un vivero, ni haber construido columnas iguales a las de uno de sus tantos dibujos de adolescente, ni haber conocido a Virginia, su actual pareja, amante de la repostería y quien se animó a instalar y llevar adelante una cafetería ubicada en medio de las plantas. El plan era uno solo: no morir en la capital. Para eso, sabía que habría que rebuscarse. Empezó como jardinero, afianzó una clientela y luego pasó todo lo demás.

Adriana Odazzio, en cambio, tenía todo calculado. De niña le gustaba -y pronunciaba a menudo- la palabra origen. Ya no tan niña imaginó que tendría un vivero -al igual que sus padres y bisabuelos-, y su nombre no podía ser otro. Hace 37 años trabaja en la Junta Departamental de Montevideo y hace siete, algo más cerca de su jubilación, decidió finalmente emprender Vivero Origen, ubicado en una esquina del balneario Bello Horizonte, al lado de su casa.

Los dueños de Rincón Verde, en La Paloma, explican que tener un vivero no es algo que se elige. Se da. "Es una opción de vida, como un mandato que te viene", cuenta Rosario Sampson. En 1992 compró un pequeño terreno junto con su esposo, Juan Pedro Urioste, y hoy Rincón Verde ocupa casi tres manzanas del balneario.

Se dice que todas las personas necesitan un cable a tierra, ese objeto, persona, actividad o lugar que conecta con la realidad. Los dueños de viveros sienten que su trabajo es, a la vez, esa vía que ayuda a mantener el equilibrio anímico, una válvula de escape. Adriana cumple la jornada laboral y después le dedica mínimo ocho horas por día a las plantas. "Porque esto no es trabajo, es placer", aclara. "Es como dar vida y es una retroalimentación, porque vos das pero ellas te brindan todo su esplendor".

Origen, Montes, Las Landas (Punta del Este), Rincón Verde (La Paloma) y Greenhouse Orchid son viveros muy diferentes entre sí. Cada uno tiene su estilo y especialidad. Entre sus dueños, sin embargo, se repiten palabras y hasta frases completas. Pese a sus particularidades, no parece haber dudas de que el motor que los impulsa a salir de la cama a las seis de la mañana y a trabajar hasta los fines de semana, es el mismo. El contacto con la tierra, crear plantas y verlas crecer para entregarlas a otras manos es, dicen, una afición sin límite y al mismo tiempo un desafío, admite Alina Pérez, una de las dueñas de Las Landas. "Es tan lindo y demandante que podés no parar. Uno mismo tiene que ponerse el límite. En eso yo me manejo bastante bien, pero mi hermano no", bromea sobre Guillermo, su socio en este proyecto.

Rincón verde

Plantas, flores, árboles y arbustos, un sendero de entrada, más plantas, flores, árboles y arbustos, otro sendero de entrada. Para los más distraídos, el paisaje que rodea el cruce de calles Anacahuita, Ibirapitá y Zucará (curiosamente nombres de árboles) puede pasar por un bosque más en medio de La Paloma. En Rincón Verde no hay cortinas, cercos ni rejas. El inmenso vivero está completamente integrado al poblado y podría perfectamente confundirse con un espacio público.

Por sus senderos se ingresa a un entorno agreste, casi selvático. Por momentos hay que agacharse, correr las plantas con las manos o bien dejar que las flores rocen la piel, las hojas acaricien la cara y las ramas de árbol despeinen un poco. Es, también, bastante laberíntico; no por descuido, sino con absoluta intención. No se divide por sectores, la producción se mezcla con las ventas, los árboles con cactus y pequeñas flores. "La gente te pregunta dónde están los árboles y, claro, no hay un sector de árboles. Ahí hay un árbol y allá otro. Está todo integrado, como la vida misma", explica Rosario Sampson. Sí hay algunos sectores bien definidos, como un invernáculo repleto de helechos alineados y otro con cientos de suculentas de diferentes variedades.

También hay muchas palmeras pindó por todo el vivero, y por una curiosa razón. Rosario y Juan Pedro tienen cuatro hijos (ahora mayores de edad) y no tuvieron mejor idea que plantar una palmera para celebrar cada uno de sus cumpleaños. "Hasta que dijimos basta, son demasiadas", ríe Rosario.

El público de Rincón Verde es principalmente de Rocha, Maldonado y Montevideo. Pero también están los clientes turistas, es decir, quienes van como un paseo imperdible de La Paloma. El vivero también apunta a eso. De hecho, entre los senderos hay un alto mirador de madera con vista a los invernáculos de un lado, a parte de La Paloma del otro y al océano.

Rincón Verde es autoservice. La idea es que los clientes se tomen su tiempo y se sirvan las plantas que quieran en unos cajones. Entre la maleza también hay un rincón de yoga y Rosario es la instructora. "Está todo unido", dice sobre la casa ubicada entre las plantas.

Montes

Javier Montes explica que es fácil -y lo es- perderse buscando el vivero por La Floresta. Al rato desenrolla un enorme póster con los planos del balneario y los supuestos símbolos masónicos que hay detrás y remiten a su fundador, Miguel Perea. Varios triángulos y el candelabro hebrero de siete brazos (Menorá), entre otras figuras, son señaladas por Montes como el motivo por el que los visitantes poco frecuentes del balneario se pierden.

La mística detrás de la historia de La Floresta es parte crucial de la experiencia al visitar el Vivero Montes. Todos los objetos, las formas y nombres que habitan allí parecen tener una explicación e historia detrás. A la entrada se colocó una virgen de hierro hecha por el escultor Dino Barrocas en honor a la Virgen de Las Flores, la "patrona de La Floresta". En el centro, una fuente de leones rinde homenaje al Club de Leones del balneario. Allí se pide deseos, se tira monedas y cada año se junta y se entrega la suma al club en forma de cheque.

"Hemos querido que el negocio tenga mucho vínculo con la comunidad, y con las distintas actividades culturales. La idea es tener un lugar a donde ir y estar un rato, aunque sea para sacarse una foto en la fuente", comenta Virginia Gutiérrez, pareja de Javier y encargada del café, llamado Decauville, en honor al tren de La Floresta. Las mesas de mármol de la cafetería pertenecían a la heladería Cantegrill de Montevideo y las paredes están empapeladas con fotos antiguas de La Floresta: del santuario en construcción, del tren Decauville, y muchas otras. "De alguna manera, el vivero es un continuador de esa tradición que tiene 110 años de historia", dice Javier en referencia a la empresa fundadora del balneario, que entre otras cosas instaló un vivero para dedicarse a su forestación.

Montes habla de historia y luego muestra la producción de las flores de invierno en un invernadero con varias almacigueras (algo parecido a una hielera pero más grande y con tierra). De cada pequeño espacio cuadrado se desprenden unas hojas diminutas. En otra almaciguera hay hojas más grandes, casi prontas para ser llevadas al otro invernadero y luego colocadas en el envase listo para ser vendido.

Aunque ofrece de todo, este vivero se especializa en flores. También produce árboles a partir de semillas (como jacarandá o ibirapitá) e intercambia producciones con colegas. Por fuera de este terreno, Montes también cuenta con una chacra donde se hace la plantación de los arbustos y se fabrica la tierra. "De ahí nos abastecemos, porque acá carecemos de espacio importante para el cultivo de tierra", explica.

Su clientela llega más que nada de los diferentes balnearios del Este, sobre todo de los menos desarrollados en infraestructura comercial. El café, cuenta Virginia, surgió como "una forma de estar más tiempo juntos". "Yo trabajo en una escuela y durante el año estoy ocupada. Un invierno surgió que teníamos que encontrar momentos para estar juntos, porque cuando yo trabajo él descansa y cuando yo descanso es cuando él tiene más trabajo". Decauville también es una propuesta que convierte al vivero en un paseo, un lugar donde pasar la tarde más que para ir a comprar plantas.

La jornada para ambos empieza a las seis de la mañana. Javier va hacia la chacra a trabajar la tierra y Virginia al café a elaborar el pan, la masa para las tortas y galletas. Las especialidades de la cafetería son el pan de nuez, la torta de chocolate con mousse de dulce de leche y la carrot cake. También fabrica helado de lavanda y de chocolate belga, entre otras cosas. Luego, Montes llega al vivero para regar, el "desayuno de las plantas". Si bien intentó automatizar esa actividad, con el tiempo entendió que era imposible, sobre todo en las flores e invernáculos, ya que el riego es más puntual. "Hay que tener más cuidado porque con riego automatizado llega agua a una y a otra no".

Las Landas

Por Las Landas pasaron Shakira, Susana Giménez, Gustavo Cerati, Marcelo Tinelli, duques y condes europeos. El vivero ha aparecido como fondo en las fotos de revistas de varios de ellos. Es el marketing natural que llegó con los años, dicen Alina y Guillermo Pérez, hermanos, socios y dueños. Pero esa publicidad orgánica, aunque pueda ser beneficiosa, también tiene sus desventajas. "Mucha gente no se animaba a venir porque tenía esa imagen de exclusivo. La idea nuestra es al revés, que venga todo el mundo. Hay precios para todos", enfatizan.

Las Landas parece interminable. Son seis hectáreas ubicadas en un campo entre Punta del Este y La Barra, rodeadas de bosque y campo, y administradas con una estructura y jerarquía poco característica para un vivero, y muy común para cualquier otra empresa. Alina recibe a Galería en una oficina donde trabaja junto con otros dos administrativos. Allí trabajan 12 empleados.

Además de ese terreno, también cuenta con un campo de producción de 18 hectáreas al lado de Lapataia, donde se desempeñan otros cuatro empleados. El vivero, fundado en 1977, es de los más antiguos del país. Fue creado por los padres de Alina y Guillermo, los dos ingenieros agrónomos, aunque al principio solo se dedicaban a producir plantas aromáticas y otras para suministro de los restaurantes. Sus hijos heredaron la vocación de sus padres y también la forma de trabajar. Ambos son licenciados en Administración de Empresas, aunque Alina explica que en el rubro se aprende de la experiencia.

Las Landas produce 70% de lo que vende. Por fuera quedan las frutales, rosas y plantas de interior, aunque también las ofrecen. "La idea es que vengas acá y consigas todo lo que quieras", dice Alina. También se comercializa herramientas, juegos de jardín y macetas, entre otras cosas. La dueña lo compara con los centros de jardinería al estilo americano. Este año, justo antes de la pandemia, Las Landas preparaba su sitio de venta online. "Nos agarró la pandemia y lo largamos en marzo, justito". Hoy esas ventas representan 10% del total, un número considerado bueno si se tiene en cuenta lo novedoso de comprar plantas por Internet. Además, que figuren los precios en la web ayuda a bajar la imagen de exclusividad que tiene el vivero.

La principal clientela de Las Landas proviene de Argentina y Brasil, por lo que el golpe de la pandemia se sintió, sobre todo en verano. Si bien creció el público uruguayo, Alina explica que se diferencia -y mucho- de los extranjeros. "El uruguayo consume pero poco. Un uruguayo no compra una casita para el pájaro en el jardín", señala. Un argentino, sin embargo, es capaz de gastar unos 2.000 o 3.000 dólares en plantas, aunque también es más exigente. "Tengo clientas que traen las telas de cortinas que compran en París para que consiga la florcita del mismo color", ejemplifica Alina.

Por eso, Las Landas no tiene una especialidad, sino que se enfoca principalmente en que haya algo para todos: desde la planta de 250 pesos hasta alguna importada de Italia de 2.000 dólares. En el vivero cada tipo de planta tiene su sector. Árboles de distinto tipo y aproximadamente la misma altura se agrupan en un área.

Las hortalizas, las plantas perennes, los arbustos, los invernáculos, todo tiene su propio espacio. En los caminos predominan las líneas rectas, en el orden de las plantas. Alina recuerda a un paciente oncológico que llegaba al vivero para sentarse entre las plantas luego de cada quimioterapia. "La diferencia es que este vivero está dentro de un jardín, no es un vivero de ciudad, sino que tiene la gracia de estar en un entorno natural", apunta Guillermo.

Además, el vivero trabaja en el paisajismo de balcones, edificios y casas de la zona. También, a pedido de sus clientes, incursionó en los cursos. Ya se hizo uno de pájaros de jardín y próximamente se hará un taller de huerta.

Greenhouse Orchid

Hay gente para todo, dicen. A Ana Paula López le apasionan las orquídeas hace al menos 20 años. Trabaja en finanzas y recién en 2020, con la pandemia en el medio y algo de tiempo libre, se le ocurrió dar un paso más y compartir su conocimiento y experiencia de años con todos. ¿La forma? Un vivero de orquídeas.

Cerca del puerto de Punta del Este, en el jardín del restaurante Antonino, Ana Paula instaló dos sofisticados invernaderos con unas 20 variedades de orquídeas, desde la más común (la phalaenopsis) hasta otras variedades con flores diminutas y formas que probablemente el común de la gente nunca asociaría con una orquídea.

Ana Paula arranca por lo más básico: las orquídeas no son una flor, sino una planta. Por lo tanto, pueden durar toda la vida si se les da el cuidado que necesitan. "Cuando no tiene flor la gente piensa que se murió, pero es una planta, la flor va a volver a crecer", aclara. Su obsesión por las orquídeas empezó justamente así: evitando que sus amigos o conocidos las tiraran a la basura.

Los invernaderos, de hierro y policarbonato, fueron diseñados por el arquitecto Lucas Mateo. Adentro tienen un termostato (invisible) que regula la temperatura mediante extractores si el invernadero alcanza los 28 grados. Greenhouse Orquid sumó además un café para crear la experiencia completa: sentarse a mirar las orquídeas, o mirar (y comprar) una y luego tomarse un café. En ese espacio Ana Paula también da workshops. Durante la noche abre el restaurante y los invernaderos quedan también abiertos, con las luces encendidas.

Hay más de 30.000 tipos de orquídeas. Por eso, Ana Paula dice que es común que sean un camino de ida. En los invernaderos display se ofrecen orquídeas de 900 pesos y también otras más exclusivas y difíciles de reproducir por 1900 pesos. "Hay orquídeas que llevan de dos a cinco años para que florezcan", apunta.

La idea de Ana Paula es quedarse durante el invierno. Tiene la esperanza de que haya una pequeña temporada tardía.

Origen

El nombre del vivero cuadra a la perfección con los tiempos que se viven, subraya Adriana Odazzio, su dueña. Considera que es tiempo de "volver a nuestros orígenes", a la naturaleza, y que no hay tiempo que perder. "Las plantas nos van a sanar", afirma. Adriana es maestra de reiki, por lo que además de los cuidados necesarios es capaz de mencionar qué energías puede transmitir cada planta.

A la hora de hablar de los cuidados, Adriana da un consejo clave, el mismo que les da a todos sus clientes: sumergir las plantas un segundo en un balde o pileta en lugar de regarlas desde arriba.

Vivero Origen ocupa una esquina de Bello Horizonte, se entra por un gran portón de madera y adentro es pura sombra. Allí se venden y producen árboles, hortalizas, arbustos, plantas interiores y exteriores. Todo menos florales, que igualmente se venden. Desde que comenzó la pandemia de coronavirus Odazzio cumple horario para su otro trabajo desde su casa y luego se dedica a producir plantas; así evita la atención al público y cuida su salud. Además, producir tiene varias ventajas, asegura. "De acá saco la planta del interior que va a ir a tu casa y no se te va a morir. De Brasil vienen a unas temperaturas espectaculares que yo las puedo mantener en un invernáculo, pero cuando te las llevás a tu casa no es lo mismo, y a mí no me gusta que se te muera nada", recalca.

Al vivero, cuenta sorprendida, han llegado hasta excursiones de Artigas y Paysandú. Las redes sociales son parte importante de ese alcance: Origen tiene 30.000 seguidores en Facebook y más de 10.000 en Instagram.

Odazzio muestra orgullosa un sector con plantas "madres". De una sola de ellas puede crear otras mil. Su forma de producir se resume de esa manera; no trabaja tanto con semillas pero sí con esquejes. El vivero se especializa en plantas ornamentales como gramíneas, trepadoras, jazmines, santa rita y rosales. También produce árboles de todo tipo, como liquidámbar, lapacho y jacarandá. Crear sus propias plantas también le da flexibilidad a la hora de fijar precios.

Boom verde

Si en algo coinciden los dueños de los viveros, es que con la pandemia llegó también un boom verde. De apuro, las casas se revalorizaron por sobre los apartamentos, y quienes vivían en la capital y tenían una casa en un balneario decidieron mudarse. Casi que de golpe los dueños de esos jardines se vieron ante la necesidad de revitalizarlos. "La gente viene y se lleva plantas para hacer quintas, frutales. Pero también árboles, arbustos. Hubo un boom verde", asegura Juan Pedro Urioste, dueño de Rincón Verde (La Paloma).

En Las Landas, los productos del sector de huertas fueron un "éxito total". "Al tener más tiempo, empezás a cuidar más el jardín, a mirar más por la ventana", acota Alina Pérez.

Adriana Odazzio agrega que con el encierro las personas les empezaron a prestar mayor atención a las plantas, que son una medicina natural para los seres humanos.

En general, los viveros del Este tenían su temporada alta en verano. Con el año de pandemia, la situación tendió a emparejarse. A eso se refirió Javier Montes: "Antes, de la nada pasábamos al todo. Ahora de a poco la venta se está haciendo más pareja".

Entre los uruguayos también se detecta un mayor interés por lo autóctono, y el innegable boom de las suculentas, que se explica por su bajo mantenimiento y la posibilidad de tenerlas en el interior.